Sara Beatriz Álvarez Medrano, es una mujer maya k’iche’ de Guatemala. Tiene 46 años, y es la menor de 8 hermanos. A Sara cuando se le pregunta sobre el punto en su vida que la ha llevado a la defensa de derechos, siempre se remonta a su niñez marcada por el genocidio que se vivió en Guatemala. Sus padres fueron perseguidos por ser catequistas. Su defensa para mejorar la vida de los pueblos indígenas y las mujeres esta marcada por su desplazamiento de las montañas del Quiché a la Ciudad de Guatemala. En ese territorio, Sara vive la discriminación por su identidad indígena y focaliza las desigualdades. Recuerda que no podía usar su ropa tradicional y tampoco hablaba su lengua materna en los espacios públicos. Por lo que activa sus defensas tratando de pasar desapercibida, y de parecer “ladina” o mestiza. En silencio resistía. Al ser la menor de 8 hermanos, siguió el ejemplo de sus hermanas mayores encaminadas los movimientos feministas. Ahí, escuchaba explicaciones de las problemáticas sociales, emocionales y políticas desde otra perspectiva. Por lo que cuando se graduó del bachillerato fue directo a trabajar con los movimientos sociales feministas. Antes, junto a su familia, reivindicó su identidad vistiendo trajes tradicionales en su acto de graduación. Aunque no se considera una activista, explica que en Centroamérica, no hay opciones porque “la propia historia te lleva a organizarte”, y en su caso lo ha hecho como socia fundadora de Mujeres Mayas Kaqla, un grupo indígenas que apuestan por el fortalecimiento de la autonomía y bienestar de las mujeres mayas y sus pueblos, una de sus herramientas la sanación de las violencias, opresiones y el racismo. Es terapeuta social, trabaja con espacios plurales, desarrolla metodologías de trabajo colectivo y está radicada actualmente en Asturias, España. Se trasladó a vivir con su pareja y ahora trabaja con organizaciones diversas en el territorio Español. Parte de sus procesos de sanación pasa por despojarse de la internalización de las opresiones que le brinda la oportunidad de narrar y escribir su propia historia. Su vida personal se somete a debates y cuestionamientos al ser una mujer indígena que vive con una europea en tierra de colonizadores, que solo a través de terapia y trabajo espiritual desde su cosmovisión ha encontrado un punto de equilibrio y armonía. Desde la campaña: ¡Las defensoras resistimos! del proyecto: Fortalecimiento de la protección y seguridad de personas defensoras de derechos humanos de Centroamérica ejecutado por Malvaluna y financiado por la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional al Desarrollo (Aexcid), nos cuenta sobre el trabajo de acompañamiento a mujeres que han migrado desde una perspectiva del autocuidado y cuidado colectivo y el reconocimiento de actoras de nuestras propias vidas. ¿En qué condiciones encuentras a las mujeres con las que trabajas? Es muy diverso, pero lo primero que encuentras son personas migrantes que han venido a trabajar en temas de cuidados. Viven en unas condiciones muy duras. En todos los lugares donde se puede aprovechar, la gente se aprovecha, porque no tienen contratos, los horarios, hay unos temas de explotación laboral y también unas condiciones que el país permite. Porque no permiten regularizarse hasta después de tres años, tienen que trabajar irregulares mientras están aquí. Luego encontré, otros procesos migratorios que me parecen más difíciles todavía que es la gente que fue expulsada de su país, Nicaragua o Colombia que han tenido que migrar forzosamente. Esa migración me parece muy dura y compleja . Eres expulsado. Tú no vienes, ni preparada, ni decidida, vienes porque te echan. Me parece muy dura esa migración. Esto por Latinoamérica, pero también hay árabes, senegalés, aquí se nos amplía un poco la migración que hay aquí y la diferencia de dónde migras. Estos son actos racistas que a veces pareciera no somos conscientes de ese sistema, ¿es así?, ¿Con qué te has encontrado? Depende, porque yo trabajo con organizaciones que trabajan con educación para la transformación que trabajan aquí en España. La gente que está metida en esos procesos sí que tienen una conciencia, de que sí tienen ese proceso racialización y la geopolítica del cuerpo, la geografía de dónde tú vengas, marca tú estatus quo. Que no se ha profundizado y que hay mucha tela que cortar. Sin embargo, que hay otro grupo de gente que sienten pero no lo explicitan, todavía no hay una conciencia o no saben cómo nombrarlo. Se siente la desigualdad, la exclusión sin embargo, no se tiene todo el análisis de la imbricación de las opresiones que se viven por migrante, mujer, indígena, negra, disidente sexual o de género, con estudios formales que no se validan, la edad, etc., ésta complejidad del estatus quo, es compleja y falta mirarlo desde la diversidad de migrantes que somos y cada una ha tenido su propio trayecto. Hay una frase muy dura que como mujer migrante he escuchado y quizás hasta la he repetido: “No hay peor enemigo de una migrante que otra migrante, ¿es una falacia o tiene algo de verdad? He escuchado que es así , yo no lo he experimentado. Pero muchas de las compañeras migrantes en Asturias, ellas lo dicen. Es más, entre nosotras mismas mujeres migrantes que se viven situaciones de violencia, inferiorización entre nosotras, por eso es tan importante los espacios colectivos de reflexión porque desde mí mirada de terapeuta tiene que ver desde la mirada de la internalización de las opresiones, mientras más violencia has vivido, hay una reproducción de la misma. Los procesos de sanación son importantes porque nos ayudan a despojarnos de lo internalizado, y generar nuevas maneras de relacionarnos y vivir. Es por eso entonces que se suele justificar las acciones racistas de una persona autóctona frente a una migrante. Es complejo, pero tal vez tiene que ver con que yo internalizo al opresor pensando que valgo menos. Entre latinoamericanos a la par mía valen menos y los otros valen más. A quién puedo dañar, ¿Quién está más o menos como yo?. En cambio, con el otro ni me meto. Esto no está