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El mundo se sumió en una nueva crisis durante 2020: la pandemia del coronavirus ha supuesto la pérdida de miles de vidas alrededor del mundo. Extremadura no ha sido la excepción a esta suma de crisis que ha trastocado los cuerpos y vidas de las mujeres.

«La crisis sanitaria es paralela a un montón de crisis más», dice Lidia Rodríguez Carrascal de la organización extremeña, Mujeres en Zonas de Conflicto. Además, «se ha puesto en evidencia una crisis de cuidados», argumenta Ana Valverde Chorén de Fundación Mujeres con relación a una crisis que supuso una sobrecarga de trabajo para las mujeres «tratando de conciliar lo inconciliable con la crianza de menores que no solo requerían comida, lavado sino también que las madres se convirtieran en profesoras de colegio, extraescolares, artísticas, animadoras». Situación que ha dejado en evidencia que las tareas de los cuidados han sido «infravalorados y  feminizados», dice Sandra Parra Carrasco de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura (Adhex).

Comparten su visión y análisis como insumo para el Manual de Prácticas y Estrategias Feministas ante las Crisis Globales que diseña la Asociación de Mujeres Malvaluna como parte del proyecto “Mujeres ALIANZADAS y saberes feministas como estrategia de cambio ante las crisis globales” financiado por la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional al Desarrollo (Aexcid). 

Un modelo al que no llegamos

Estas crisis, este desequilibrio en el reparto de los recursos a nivel global, evidenciado con la pandemia del coronavirus,  provoca un cuestionamiento a un «modelo de desarrollo» que deja de un lado a las personas, que provoca efectos negativos en la vida de las mujeres que desde un enfoque interseccional marcará las desigualdades. 

«La crisis ha venido a señalar muchas cosas, pero que evidentemente es una crisis económica de la pandemia que afecta mucho más a las mujeres y se ha puesto en relevancia esta crisis de cuidados y todo el aporte de las mujeres para la sostenibilidad de la vida y el desarrollo de otros microsistemas», explica Gloria Vázquez Ibarra de Mujeres en Zonas de Conflicto. 

«El tema del acceso y control de los recursos – nunca los hemos tenido – en crisis sanitaria como se ven nuestros cuerpos; el trabajo formal de las mujeres en lugares con alto índice de paro; el trabajo formal se ha visto eliminado en tiempos de pandemia; se ven limitadas a acceder a recursos económicos y esto tiene efecto en las
personas que dependen de ella, las mujeres sostenemos mucho a base de mucho latigazo», reclama Lidia Rodríguez Carrascal.

La importancia de la colectividad

Frente a esta realidad las organizaciones apuestan por la construcción de redes de solidaridad desde la colectividad «centrada en los procesos» más que en los «resultados», un modelo sostenible respetuoso de los tiempos que ubique la vida en el centro desde el autocuido y el cuestionamiento del actual modelo capitalista y patriarcal y sus efectos en la vida y los cuerpos de las mujeres.

La psicóloga feminista, Charo Rabazo Sánchez plantea que pasa por tres niveles: personal, relacional y social en los que lo más importante es poner las cosas en su lugar: «El miedo en su lugar. La información en su lugar. El autoconocimiento para el cambio desde el cuerpo. La segunda los vínculos amorosos y el tercer gran área que tiene que ver con los duelos y crisis de la vida cotidiana».

Esas redes de solidaridad que desde el feminismopasan por la individualidad hasta convertirse en colectividad «cuanto nos permitimos pedir ayuda, y se están creando esos nuevos modelos bonito y transgresivo, creamos nuevas figuras familiares, rompiendo patrones. Estamos legitimando que queremos hacer las cosas de otra manera», concluye Lidia Rodríguez Carrascal mientras aboga que esto pasa en la medida en que no se despoja de las «gafas violetas». 


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