Comparte en

Apenas finaliza el estado de alarma y en pocos días seis mujeres y el hijo de una de ella, son asesinadas por sus parejas o exparejas.

Los datos estadísticos decían que mientras han durado las restricciones a la movilidad las denuncias por violencia contra las mujeres habían descendido. Desde las organizaciones insistíamos que bajo esa apariencia estaba una realidad que no emergía por varias razones, entre ellas porque los agresores creían tener a las mujeres controladas, porque las dificultades económicas del momento oscurecían un futuro con posibilidades de autonomía tanto para las mujeres como para sus hijos e hijas y eso les daba a ellos la tranquilidad de quien sabe que la salida se ha estrechado. Pero acaba el estado de alarma, finalizan las restricciones, comienza a vislumbrarse el retorno al puesto de trabajo o la posibilidad de acceso a uno nuevo y con ello nuevamente se impone lo más brutal del machismo. El “si me dejas te mato” ha vuelto a nuestra realidad, a la realidad de muchas mujeres.

Durante este largo año de pandemia parecía que se quería profundizar en la auténtica causa de esta violencia, que la sociedad empezaba a entender que es el machismo que la impregna lo que hace posible que el machista siga maltratando, violando o asesinando; parecía que el cuestionamiento de roles de cuidado y estereotipos sexistas iban a ser profundamente cuestionados desde todos los espacios. Sin embargo, acaba el estado de alarma y los crímenes machistas se han incorporado a la normalidad, no a la nueva, a la de siempre, a la que ha calado tanto que incluso impone el silencio ante el asesinato de mujeres.

Acabar con los crímenes contra las mujeres solo será posible si acabamos con el machismo, pero hasta que llegue ese momento debemos seguir exigiendo mayor rechazo social hacia los agresores, mayor protección para las mujeres, y que el silencio de hoy se rompa con voces de unidad frente al machismo que mata, viola, discrimina o maltrata.


Comparte en