Feministas Cooperando Migraciones

Mujeres de aquí y de allá que luchan por los derechos de las personas migrantes

Llegaron a España cuando aún eran unas niñas, hace más de 20 años; se establecieron con sus familias, se formaron profesionalmente, optaron a la nacionalidad y, hoy, son voluntarias por los derechos de las personas migrantes en Extremadura.

La historia de Pamela Justiniano, de 30 años, y Souad Chikhaoui Mourad de 21 años, se inicia en dos países con diferentes cultura e idioma y ubicaciones totalmente opuestas, pero con sistemas desiguales similares que obliga a sus habitantes a salir en busca de mejores opciones. 

Bolivia vio nacer a Pamela mientras Marruecos a Souad. Dos mujeres que no tuvieron la opción de decidir sobre sus migraciones, pero cuyas familias se movieron a España alentadas por esa idea de una “Europa más justa” en la que, sin embargo, nada ha sido fácil sino “muy difícil”.

El arribo de Pamela fue todo un acontecimiento en el pueblo de Berlanga, Badajoz. El programa de televisión ‘Lo que necesitas es amor’, se encargó de reencontrar a su madre, junto a ella, su hermana y abuela. Traían billete de ida y vuelta, pero decidieron no utilizar el segundo y aprovechar “la oportunidad”.

Souad llegó como muchos, después de un largo tiempo cuando su padre, quien se inició como vendedor ambulante en diferentes zonas de España, se instaló en Almendralejo y logró tener en regla su documentación, además de ahorrar dinero para mandarlas traer a ella, su hermano y su madre.

El estigma de los otros

Los primeros días, con la euforia del encuentro de las familias, la realidad se diluyó hasta que ingresaron a la escuela, cuando tropezaron con otro mundo, uno en el que se habían convertido en los otros; donde, lejos de los principios filosóficos, su diferencia no constituía una “riqueza social” sino una categoría de discriminación y estigmatización que ambas recuerdan duramente.

“Se metían conmigo, me decían negra, me decía que me fuera a mi país, me tiraban piedras, se metían hasta con mi comida. Recuerdo cómo entre varios niños me cogían de brazos y otro me subía la camiseta para enseñar mi vello. También me decían que mi madre era una puta. Fue muy duro. Yo me escondía, no quería salir ni ir al colegio”, cuenta Pamela Justiniano, técnica de Igualdad en la Diputación de Badajoz, quien, en aquel momento, siendo una niña, nunca asoció la situación con racismo o bullying, aunque “era a la única niña que le hacían eso”.

Para Souad la situación no era muy diferente. Los insultos, las indirectas, la segregación, el grito constante —vete a tu país— eran un diario en su vida. Aun con un idioma diferente, le fue evidente que había un trato inusual, y poco amistoso, por parte de sus compañeros de clases.

Nunca lo comentó con su madre, pero si lo exteriorizó en la escuela, donde los profesores no llamaron la atención de los alumnos que la atacaban y, en cambio, le sugirieron “alejarse, ignorarlos, evitarlos, pasar de ellos” como una manera de controlar la situación que,  aduce, se agudizó por ser migrante, mujer y usar el velo.

“Ahora que lo pienso hice mal por el hecho de no hablarlo, pero ahora que lo pienso si hubiera hablado ¿qué hubieran hecho? Yo creo que mis profesores eran conscientes, además los actos discriminatorios se notan. No hace falta ser un genio, se notan, eso se ve y yo diría que a veces participarían de alguna forma, directa o indirectamente”, comenta Souad, y agrega que ahora quiere contarlo “mil veces” porque sabe que hay gente que lo está pasando peor y espera que “eso cambie”.

El efecto camaleón

Pamela Justiniano en una movilización del #8M. Foto: Cortesía

La niñez, siendo migrante, tanto Pamela como Souad reconocen que “fue difícil”. Cuenta Pamela que sucumbió a la presión y hasta persecución que le hacían sus compañeros de clases, que no le permitían ir a la tienda sin enfrentarse a sus ataques, por lo que optó por adoptar la estrategia del camaleón.

“He descubierto que por todos estos motivos llegó un momento cuando era pequeña que quería disimular. Quería sentirme integrada para que dejaran de meterse conmigo. Me daba rabia ser de otro país y por eso comencé a tener en cuenta que iba a estudiar y saber muchas cosas de España, y me olvidé de mi país”, lamenta, aunque de adulta ha intentado recuperar sus raíces bolivianas, un país que tampoco la reconoce como suya.

Comenta que, durante la crisis política en Bolivia en 2019, se atrevió en sus redes sociales a ofrecer una opinión sobre los hechos, la cual generó una ola de rechazo por parte de sus familiares, que reclamaron su intromisión en la política nacional de un país que no habita, que abandonó.

“¿Qué tengo que hacer para que me consideren de un sitio?”, se pregunta. Y se responde: “estoy en el mundo de los nadie”, como si ella, al igual que América Latina, tuviera las venas abiertas frente a la exclusión y el olvido social, pero no se autocompadece, se ríe de la situación: “Aunque tengas la misma cara de india no estas integrada ni allá ni acá, aunque el papel te da derechos”, dice en alusión a la ciudadanía española.

“Nunca voy a ser de ningún sitio para la gente, para esas leyes, esas construcciones sociales que están ahí inventadas. No me siento integrada lo que es del todo aquí. No me siento integrada, ni mi familia, ni la gente migrante esté integrada y no creo que sea un sentimiento mío ni un hecho aislado”, explica.

El ser emigrante

Pamela comenzó este 2020 a colaborar en la Diputación de Badajoz; previamente, al igual que su madre, abuela y miles de mujeres migrantes que llegan desde América Latina, en su mayoría, trabajó en cuidados de ancianos, de lo cual no tiene muy buenos recuerdos por diferentes hechos de “explotación y discriminación”.

Su nuevo empleo ha supuesto una forma diferente en que las personas se relacionan con ella: “ahora me saludan”, dice, mientras recuerda que cuando ganó la plaza y lo comentó con alegría, las personas suponían que iba a trabajar en el área de limpieza.

“Ahora que trabajo en Diputación parece que he cambiado de categoría… Incluso frente a mí hacen comentarios de otras personas migrantes, pero ellos dicen que soy diferente porque estoy trabajando. Y eso que ni siquiera se podían plantear que podría hacer otra cosa además de cuidar y limpiar”, afirma.

Souad Chikhaoui brindando su experiencia como migrante. Foto: Cortesía

Por su parte, Souad continúa estudiando. Actualmente cursa Trabajo Social en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). La exigencia de quitarse el velo, cuando se ha aplicado a un trabajo, le ha cerrado las puertas. Teme que este requerimiento, que no está dispuesta a ceder, le impida trabajar después de tanto tiempo invertido en educación.

También trabaja en la Fundación Ruy López, donde imparte clases de apoyo y alfabetización a la población migrante y realiza traducciones, pero más allá de lo que significa para su desarrollo profesional reconoce que estos espacios son de los pocos donde se siente integrada.

“A veces te sientes menos integrada y otras más en el ámbito de lo social, en el que me integro más cuando hay gente que comparte puntos de vista conmigo. Luego pasas a otro ámbito y sientes la diferencia, empiezan a preguntarte por qué te vistes así, preguntas incómodas. Ves que hay gente abierta y acepta más la diversidad y otra gente que no acepta ningún tipo de cultura que no sea la suya”, explica.

El sistema debe cambiar

Aunque Souad y Pamela no se conocen y tampoco acuden a los mismos espacios, coinciden que el sistema debe cambiar desde lo individual hasta lo institucional, eliminando el racismo como principal obstáculo que enfrentan las personas migrantes cuando llegan a España.

Para Souad no tiene lógica ni sentido que usar el velo te convierta en un “peligro”, además de que las nacionalidades definan a las personas como “delincuentes o no”. En ese sentido, cuestiona a los medios de comunicación que identifican a los extranjeros cuando están vinculados en delitos, un hecho que no sucede cuando se refiere a un español, y que tampoco sobresale cuando la persona migrante está vinculada con actos honoríficos.

Consideran que existe un comportamiento aprendido en la sociedad española que va desde las acusaciones infundadas, las miradas y comentarios de rechazo, los insultos racistas hasta las redadas, los CIEs (Centro de Internamiento de Extranjeros), la persecución policial y una ley de migración que obliga a las personas, durante tres años, a sumergirse en la economía precaria y esclavizada para poder “optar” a una residencia.

Coinciden en que los rasgos físicos y culturales son rechazados, pero se resisten a negar sus raíces, que en cambio promueven el poder crecer como sociedad en diversidad. “A mí me encantan mis rasgos, solo quiero que me traten como una ciudadana más con derechos”, dice Pamela, y Souad refuerza que “me encantaría seguir manteniendo la identidad marroquí por mucho que sea difícil”.

Su fuerza, determinación, temple y fidelidad a sus raíces son admirables. Son capaces de extraer con pinzas las situaciones negativas de la migración, aunque reconocen las acciones positivas de otro grupo de ciudadanos, así como la oportunidad de vivir en mejores condiciones. Sin embargo, se niegan a tener que agradecer por ejercer un derecho fundamental.

“Me encantaría poder pasear por la calle sin que me miren mal, y llegar a casa y decir hoy no me ha visto nadie con esa mirada mala”, dice Souad. Mientras, Pamela reitera que “nacer en un lugar y en otro es algo accidental” por lo que ambas no declinan el continuar trabajando con personas migrantes para “que nadie más pase esas cosas” y, si las vive, “no se sienta sola”. 

____ Este artículo se enmarca en la campaña “Creciendo juntas desde nuestras raíces” desarrollada por la Asociación Malvaluna en el marco del proyecto “Feministas Cooperando, impulsando el ámbito estratégico 2 Feminismos y desigualdades” de la cooperación extremeña, de la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional al Desarrollo.

____ Artículo originalmente publicado en El Salto.