En la obra “Los cautiverios de las mujeres” la antropóloga mexicana, Marcela Lagarde plantea que “el sexo es concebido como el principio básico clasificador y estructurador de los géneros” marcado por el poder –y los poderes– que dan lugar a “la opresión contra las mujeres más allá de su voluntad y conciencia”.

En ese mundo simbólico patriarcal que según Lagarde mantiene a las mujeres “en cautiverios y cautivadas”, se les ha atribuido como característica inherente a su condición la tarea de los cuidados: remunerados y no remunerados que con la llegada del coronavirus cobraron notoriedad frente a un sistema que “carece de estructuras colectivas suficientes para cuidar de la vida”.

“Con la covid-19 se ha hecho más evidente que la vida hay que cuidarla, lo que decíamos, que la vida ni es por casualidad, ni por intervención divina. No tenemos estructuras colectivas suficientes y fuertes para cuidar la vida donde las cadenas globales de cuidados jugaban un rol central”, manifiesta la economista Amaia Pérez Orozco, durante el Seminario Online “Cadena Global de Cuidados: Una perspectiva en tiempos de COVID-19”, evento impulsado en el marco del grupo de trabajo del ámbito estratégico 2 “Feminismos y desigualdades” de la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AEXCID), ejecutado por Feministas Cooperando.

Ante esta realidad, según Amaia “lo que hacemos es delegar esa vulnerabilidad, ese cuidado a las dimensiones invisibilizadas del sistema socioeconómico, resolvemos la interdependencia en términos de explotación y de desigualdad y construimos una realidad de precariedad ante la falta de estructuras colectivas para hacernos cargo de la vida”.

Una situación que el movimiento feminista, desde hace casi dos décadas, viene evidenciando ante la progresiva feminización de la migración. Las mujeres son el eslabón de una cadena global de cuidados que unen “distintos hogares en distintos lugares del mundo al transferir la crisis de cuidado en los países de destino, y conectarla con la crisis económica de los países de origen”.

CUIDAR, MIGRAR, CUIDAR

Yamileth Soza (nombre ficticio), de 31 años, es enfermera y migró a España desde Nicaragua en 2018. Al igual que un centenar de médicos su contrato laboral no le fue renovado como represalia ante su postura critica frente a la crisis sociopolítica que según la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANDPH) dejó más de 300 manifestantes asesinados a manos de policías y fuerzas parapolicías.

Es madre en situación de lactancia, estaba acostumbrada al trabajo de los cuidados. Su actual oficio, cuidando ancianos en Mérida, no es tan gratificante; sufre tratos vejatorios, carece de un contrato laboral, aunque trabaja con horarios de 24 horas 7 días a la semana.

“Yo estoy acostumbrada a asistir a una persona o un anciano. Trabajaba con mujeres embarazadas, y es muy similar, pero pasas por situaciones en las que te humillan y denigran, y al no ejercer tu profesión pesa mucho, te frustras, sientes que no avanzas”, dice Soza, quien durante su estadía en España ha trabajado en siete hogares.

Ser cuidadora de ancianos, a tiempo completo, le supone a Yamileth sacrificar su maternidad. Su precario salario no puede pagar a “otra cuidadora” por lo que su hijo, ansioso espera todos los sábados a las 10 de la mañana a su madre en casa de sus tías.

El Servicio Doméstico Activo (SEDOAC) estima que en España existen unas 600.000 trabajadoras del hogar y de los cuidados, de las cuales un 33% son migrantes en situación irregular. Y aunque no existen datos oficiales, el sector calcula que un 49% trabajan como interna. El restante 51% lo forman las trabajadoras por horas y aquellas que hacen jornada completa como externas.

“Estas tareas siguen siendo tan menospreciadas que por eso lo estamos haciendo quienes no tenemos otra opción de trabajo. Hacemos el trabajo que los españoles no quieren hacer y eso lo estamos viendo ahora precisamente en esta crisis. Lo que es el empleo del campo y cuidado, no lo quieren hacer y las entiendo porque son trabajos muy duros y muy mal valorados, muy mal remunerados, muy precarizados, explotadores también”, revela Carolina Elías, presidenta del Servicio Doméstico Activo (SEDOAC) también participante del Seminario Online “Cadena Global de Cuidados: Una perspectiva en tiempos de COVID-19”.

Elías señala que esta desigualdad laboral en la que se encuentran las mujeres migrantes trabajadoras del campo y de los cuidados de cierta forma se ha “perpetuado y normalizado” ante un conjunto de leyes, y la ausencia de otras, que tienen “vacíos y aberraciones” que ubican en situación vulnerable a las mujeres migrantes como un “efecto en cascada” ante empleadores también precarizados.

EL AUTOCUIDADO PERSONAL

Hace dos años, la venezolana Alejandra Briceño llegó a España, es parte del éxodo de venezolanos en el mundo. Es madre, hermana, hija, una activa estudiante, además de hacer voluntariado en varias organizaciones de Mérida. Desde hace dos meses, dedica ocho horas de su día al trabajo en el cuidado de personas mayores.

Una rutina diferente a la que acostumbraba en su natal Venezuela, donde dirigía su propia empresa de arquitectura, una profesión que aún no puede ejercer en España mientras no se consolide el proceso de homologación de su título.

Quienes la conocen coinciden en su resiliencia frente a la vida, su temple y disposición por apoyar a otras mujeres. Eso no le impide reconocer que a veces se angustia cuando identifica los obstáculos que como migrante enfrenta.

“Trato de enfrentar los retos del día a día siendo la mujer más optimista del mundo. Mi experiencia ha sido positiva, pero la experiencia que he visto es que es nulo el autocuidado en otras compañeras que cuidan a otras personas”, dice y agrega que esto ocurre “porque las migrantes son explotadas”.

CUIDARSE COMO REBELDÍA

En julio, la Asociación Malvaluna convocó a mujeres migrantes para participar en un taller de autocuidado. Yamileth y Alejandra junto a otras 13 mujeres fueron invitadas, pero solo cinco pudieron asistir. El resto se enfrentaba al dilema de “cuidarse o cuidar de otros” para sobrevivir ellas y aquellas personas que dejaron en su país de origen, y que también dependen de su salario.

“Las mujeres hemos sido socializadas en que nuestro rol es más cuidar que ser cuidadas y muchísimo menos cuidarnos. Los cuidados no están contemplados en nuestra forma de vida”, dice la psicóloga, Charo Rabazo Sánchez quien a lo largo de su experiencia dirigiendo este tipo de talleres, ha identificado que “en la vida de las mujeres migrante no hay tiempos de respiro para cuidarse”.

Alejandra y Yamileth lograron asistir a algunas de las sesiones. El espacio les pareció “seguro e interesante” como para poder “darse permiso de pensarse en el centro, en el centro de su vida y de la vida”, que Charo traduce en una lucha ganada y una “gran oportunidad de hacer un cambio a nivel personal, pero también estructural”.

Visibilizar estos “pequeños auto reconocimientos” y fortalecer las alianzas entre mujeres son parte de los objetivos de la campaña de comunicación “Creciendo juntas desde nuestras raíces”, un proyecto que impulsa la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AEXCID) y Feministas Cooperando integrada por Fundación Anas, Mujeres en Zona de Conflicto (MZC), Asociación de Derechos Humanos de Extremadura (ADHEX), Asociación Malvaluna y Fundación Mujeres, asumiendo la coordinación con la asistencia técnica de la Asociación Extremeña de Comunicación Social (AECOS).

*Este artículo fue originalmente publicado en El Salto.